Con tal de ocultar sus orígenes e incinerar la verdad, Arlecchino siempre afirma que es natural de Fontaine. Pero la realidad es que, cuando era pequeña, se dio cuenta de que podía controlar un tipo de llamas especiales. Nadie en la Casa de la Hoguera conocía tal poder, por lo que todos sentían gran curiosidad por esta habilidad. Sin embargo, cuando era pequeña, Arlecchino no consideraba que fuera algo de lo que alardear, sino más bien una maldición. Cada vez que no ponía el cuidado suficiente, el poder se descontrolaba y le corroía el cuerpo. Primero fueron las yemas de los dedos, luego las palmas de las manos, y finalmente los antebrazos... Todo ello le había dejado unas marcas negras como el carbón y hacía que se sintiera como una pila de leña seca que está siendo incinerada. Entonces, Arlecchino tuvo un presentimiento: si esa sombra oscura llegaba a extenderse desde los brazos hasta los hombros, y luego hasta el corazón, probablemente experimentaría cierto “cambio”. Probablemente, ese sería el momento en el que el destino le revelaría los planes que tenía para ella. ... Incluso dejando a un lado la corrosión de su cuerpo, esas llamas también eran motivo de muchos otros problemas. Las personas a las que reducía a cenizas con ellas se convertían en una especie de sombras: a veces, solo eran fragmentos de recuerdos, y otras, se revestían de colores deslumbrantes. Como cada vez caían más personas por su mano, Arlecchino escuchaba toda clase de voces. Los gritos, los lamentos y las maldiciones en ocasiones la despertaban de sus sueños, aunque al final se acabó acostumbrando. Al fin y al cabo, pocas veces soñaba con algo que mereciera la pena recordar, pues sus sueños solían verse plagados por una luna carmesí y unos campos baldíos. Muy rara vez, las sombras se conservaban de manera más completa y adoptaban consciencia propia. Aunque no eran nada comparadas con la sombra de Clervie, aparecían ante Arlecchino para repeler las demás voces y darle unos breves momentos de tranquilidad. Como niños juguetones, a veces la acompañaban durante un tiempo y otras se marchaban sin más. Arlecchino recordaba muy bien quiénes habían sido en vida, pero nunca los llamaba por su nombre.
historia 5