Arlecchino, Historia 1

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Todo aquel que ha tenido trato con Arlecchino ha podido sentir la aplastante presión que emana. Ella siempre sabe llevar la conversación a su favor, y muy pocos son capaces de ocultar ningún secreto al mirarla directamente a los ojos. Cuando debe actuar, no muestra misericordia alguna, charlando y riendo mientras se encarga de todo. Incluso tiene la consideración de dejar la escena reluciente para no traumatizar a quienes vengan después. Sin embargo, nada de eso es lo que la hace realmente temible. Lo más aterrador es lo que se desconoce sobre ella. Ni siquiera sus niños, que tratan con ella a diario, la conocen realmente bien. Por ejemplo, no saben qué le gusta, qué no le gusta o qué piensa cuando se queda contemplando el mar. Cada vez que llega agosto, los niños se devanan los sesos pensando en un regalo de cumpleaños para ella, pero siempre los recibe con la misma expresión. Todo continuó así hasta que el año pasado, una lagartija que cayó del techo le dio un susto de muerte a Fréminet. Lynette, siempre tan ágil, atrapó a la pequeña intrusa y la acorraló tapándola con un cuenco sobre la mesa. Cuando Arlecchino llegó a casa, pensó que el cuenco y la lagartija eran su regalo de ese año. Al día siguiente, cuando Lyney llevó un informe de trabajo a la oficina de madre, vio que sobre la mesa había un terrario con un animalito que le resultaba familiar. La temperatura y la humedad del terrario eran perfectas, así que la lagartija estaba muy a gusto en él. Además, daba la sensación de que madre ya había tenido reptiles anteriormente. Cuando La Sota alzó su taza de té, Lyney desvió la mirada de la lagartija, pero grabó bien ese momento en su mente. Después de eso, Lyney, Lynette y Fréminet recabaron mucha información sobre cómo criar lagartijas para compartirla con madre la próxima vez que la vieran. Sin embargo, cuando Lyney volvió a su oficina unos días más tarde, el terrario ya no tenía ningún inquilino. “Madre, ¿y la lagartija?”. “Como intentó escaparse varias veces del terrario, la terminé liberando. No hemos podido vivir mucho tiempo juntas, pero esa fue su elección”, dijo Arlecchino con total seriedad. Al ver que Lyney se había quedado sin palabras, señaló a un pájaro que curioseaba sobre el alféizar de la ventana y dijo: “Además, poco después de salir, ese de ahí se la tragó, y ahora está esperando que le dé el segundo plato. Échalo, ¿quieres?”.

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